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La monja tenía razón

La monja tenía razón

Cuando yo era adolescente, mi mamá se hizo amiga de un grupo de monjas de un convento en la ciudad donde vivíamos. Recuerdo claramente que las visitábamos de vez en cuando. Mi mamá iba más seguido, pero a veces me llevaba con ella — normalmente cuando yo no tenía clases o tenía tiempo libre.

Me encantaba visitar su convento. Lo que más me impresionaba era lo impecable que siempre estaba. Los pisos brillaban, como si alguien los estuviera puliendo y limpiando todo el tiempo. Recuerdo en especial una visita en la que la Madre Superiora, la hermana María de San José, nos contó algo que nunca olvidé. Decía que cada vez que se les antojaba alguna comida o tenían algún antojo especial, sin falta, alguien llegaba de sorpresa con exactamente eso. Ellas vivían de manera muy sencilla; su orden está dedicada a la oración contemplativa profunda ante el Santísimo Sacramento. Su punto era claro y lleno de confianza:

“Dios siempre provee.”

Yo estaba muy joven, pero absorbía todo. Su estilo de vida me fascinaba. ¿Cómo podía un grupo de mujeres vivir juntas con tanta sencillez, tanto orden (al menos lo que yo veía), y tanta alegría?

La hermana María de San José nos invitó algunas veces a comer con ellas. Era un verdadero regalo. La comida era sencilla, pero deliciosa, y me encantaba la armonía que se sentía alrededor de su mesa — la manera tan especial en que compartían los alimentos.

“Dios proveerá…”

¿Cuántas veces hemos sentido que nuestra vida está un poco fuera de control? ¿O que nuestras oraciones, nuestras necesidades, los anhelos más profundos del corazón no están siendo escuchados? No importa el “nivel” de espiritualidad que tengamos, todos hemos experimentado sequedad en la fe. Momentos en los que estamos físicamente en oración, pero sentimos que nada pasa — que nada se mueve, que nada se transforma dentro de nosotros.

Las últimas semanas han sido difíciles para mí. Así es la vida. No está hecha solo de alegría; también incluye dificultades, momentos de sequedad espiritual, incluso desolación. Y aun así, seguimos caminando.

Recientemente, sucedieron una serie de momentos muy significativos. Una presencia de Dios, si así lo quieres llamar. Para mí, así se sintió. Yo creo que algunas experiencias no simplemente “pasan”; hay algo espiritual moviéndose detrás de ellas.

Hace unos días, mientras salía de la iglesia rumbo a la oficina, un joven — quizá de unos treinta y tantos — a quien conozco de vista desde hace años, pero con quien nunca había platicado realmente, me detuvo con mucha amabilidad y me dijo:

“¿Puedo orar por ti?”

Si soy honesta, dudé. Me sentí un poco incómoda. Casi lo ignoré. Pero luego pensé: ¿Cómo voy a decir no a una oración? Él no insistía, solo dijo que sería algo breve. Así que acepté.

Comenzó a orar. A los pocos segundos cerré los ojos y simplemente recibí ese momento. Fue una de las oraciones más hermosas que he vivido en mucho tiempo. Me llenó de paz, fortaleza y esperanza. Después sucedió algo más — algo que él compartió — que me dejó profundamente impactada. Esa parte me la guardo para mí y para unos cuantos seres queridos. Pero sin duda fue un momento que sentí “Dios está presente”.

Más tarde ese mismo día, por la noche, bajé del carro para entrar a una tienda. Justo a mis pies, mirando hacia arriba como esperando ser encontrada, estaba una imagen de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro. Muchas personas acuden a ella en situaciones desesperadas, buscando sanación y consuelo. Yo no sabía mucho de su historia, pero ahora ocupa un lugar especial en mi corazón. ¿Coincidencia? No lo creo. Prefiero llamarlo una “Diosidencia”.

Al día siguiente tenía el día libre en el trabajo. Una amiga de la iglesia me había enviado un mensaje para preguntarme si estaría en la oficina porque tenía algo para mí. Le expliqué que había cambiado mi día libre, pero que regresaría al día siguiente. Y así fue: pasó a verme con una caja de regalo bellamente envuelta con un listón.

Dentro venía una taza personalizada que decía:

“Buenos días, María. Habla Dios. Yo me encargaré hoy de todos tus problemas. No necesitaré tu ayuda. Así que relájate y que tengas un excelente día.”

Como dicen por ahí, la tercera es la vencida.

Tres recordatorios hermosos y llenos de ternura de que la fe está viva.

Como decía aquella monja de mi infancia: “Dios provee.” La fe es confiar en un Dios amoroso. Es la capacidad de sostener la tensión y la ansiedad mientras aceptamos lo desconocido sin miedo, porque en el fondo sabemos que estamos sostenidos.

Es difícil explicar la paz que estos tres regalos inesperados trajeron a mi vida.

A veces puedo distraerme. A veces puedo sentir sequedad en mi vida espiritual. Pero siempre sé que estoy en las manos de un Dios amoroso que me lleva en la palma de Su mano.

Parte 3: Tiempo Prestado y la Amabilidad de Extraños

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