El Año Que Me Lo Pidió Todo
Un año que fue… todo.
Belleza.
Caos.
Asombro.
Amistad.
Decepción.
Gracia.
Energía.
Resistencia.
Dificultad.
Tristeza.
Incredulidad.
Alegría.
Y, por encima de todo… resiliencia.
Nunca he sido de compartir solo los momentos perfectos de la vida. Las redes sociales suelen pintar vidas impecables, cuando en realidad la mayoría de nosotros cargamos en silencio con mucho más de lo que dejamos ver. La vida es hermosa, pero algunos momentos también son increíblemente difíciles. Y eso es parte de ser humanos, ¿verdad?
Al dejar atrás el 2025, me encuentro reflexionando sobre todo ello. Los momentos que me hicieron sonreír. Los que me hicieron reír a carcajadas —gracias a Dios por esos momentos. Los momentos de alegría, belleza y luz que aparecieron incluso cuando no los estaba buscando.
Logré cosas este año que sinceramente no pensé que podría lograr. Aprendí que, a veces, para no quebrarnos, tenemos que doblarnos —a veces suavemente, y otras veces más de lo que jamás imaginamos posible.
Este año estuvo lleno de kilómetros. Muchísimas horas en el carro —yendo de casa al trabajo, del trabajo al hospital, del hospital de regreso a casa. Una y otra vez. También pasé tiempo en aviones, viajando de regreso a mi ciudad natal para momentos alegres, al igual que difíciles emocionalmente. Algunos viajes fueron más fáciles que otros. Todos requirieron resiliencia.
Lloré mucho este año. La mayoría de las veces en mi carro. A veces después de ir por café, sentada en silencio antes de manejar de regreso a casa. Otras veces por la noche, junto a Stan —a veces sostenida, otras veces procesándolo todo en silencio por mi cuenta. Hubo días en los que me sentí quebrada bajo el peso de todo lo que llevaba. Pero de alguna manera… salí adelante.
¿Qué me ayudó a sobrevivir a todo?
Amor. Fe. Esperanza.
Amor — de las personas que estuvieron ahí para mí una y otra vez. Mi esposo. Mis hijas. Mi increíble madre. Mi hermano. Y una comunidad de amigos que me sostuvo cuando me sentía cansada o insegura. De verdad, no hubiera podido sobrevivir este año sin ellos.
Fe — mi ancla constante. La fuerza silenciosa que me recuerda que nunca camino sola. Estoy profundamente agradecida por una fe que me levanta, me centra y me sostiene cuando me siento cansada.
Y esperanza… la esperanza es un regalo. Uno que nunca quiero tomar ligeramente, o por “dada”.
Este año fui testigo de muchísima belleza —especialmente en actos de generosidad. Hay un momento que destaca con total claridad. Después de un día largo y agotador, con tanto peso en mi alma, ya no tenía energía ni siquiera para pensar en la cena. Una amiga se acercó a mí en un evento de trabajo y me dijo: “Ve a casa y descansa. Ya ordené la cena para ti. Solo recógela en el camino.” Y, por supuesto, lloré en el carro —lágrimas de gratitud, de alivio, de no sentirme sola en mi cansancio. Un gesto sencillo de bondad que se sintió como un milagro en ese momento.
También gané nuevas amistades este año y me acerqué más a otras que antes eran solo conocidos. Amistades reales y auténticas —de las que aparecen, escuchan y se quedan. Qué regalo tan grande es eso.
Estoy orgullosa de mí misma por haber llevado este año con fortaleza, incluso en los días en que no me sentí fuerte en absoluto. No fue fácil, pero lo hice. Y me permito decirlo en voz alta. Algunos días, sinceramente, no sé cómo logré salir adelante —pero lo hice.
El 2025 fue agotador en todos los sentidos de la palabra. Pero también fue un año de crecimiento. Un año de gracia.
No creo mucho en los propósitos. Pero sí creo en seguir intentándolo cada día. En hacer el trabajo. En elegir la perseverancia. En convertirnos, poco a poco, en la mejor versión de nosotros mismos.
Y al entrar en este nuevo año, lo hago con un corazón lleno de gratitud, las manos abiertas y una esperanza serena —confiada en que lo que venga me encontrará con propósito, amor y luz.
Que este nuevo año llegue con suavidad, y ternura.
Que nos conceda la gracia de respirar cuando las cosas se sienten pesadas, y el valor de seguir adelante incluso cuando el camino no está claro. Que recordemos que no tenemos que tenerlo todo resuelto para estar avanzando.
Que seamos amables con nosotros mismos en los días en que nos sintamos cansados, inseguros o estirados al límite. Que nos demos permiso de descansar sin culpa, de sentir sin apresurarnos a superarlo, y de celebrar incluso las victorias más pequeñas.
Que sigamos eligiendo el amor —en nuestras palabras, en nuestras acciones y en la forma en que cuidamos unos de otros. Que nos aferremos a la fe cuando la vida se sienta incierta, y que la esperanza nos recuerde en silencio que siempre son posibles días de más luz, incluso cuando aún no los vemos.
Que este año traiga sanación donde más la necesitamos, fortaleza donde nos sentimos débiles y paz en los lugares que han estado desconcertados y sin paz. Que sepamos notar la belleza escondida en los días ordinarios, la bondad que aparece de manera inesperada y las bendiciones que llegan justo a tiempo.
Y, por encima de todo, que caminemos hacia este nuevo año sabiendo que no estamos solos —sostenidos por el amor, arraigados en la fe y guiados por la gracia— un paso, un respiro y un día a la vez. ✨

