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Parte 1: Cuando una Visita se Convirtió en una Lucha por la Vida

Parte 1: Cuando una Visita se Convirtió en una Lucha por la Vida

Lo que estaba destinado a ser una visita sencilla y llena de alegría se convirtió en algo que ninguno de nosotros pudo haber anticipado. En cuestión de semanas, la vida pasó de comidas compartidas y rutinas cotidianas a cuartos de hospital, términos médicos y a un nuevo papel para el que no estaba preparada, pero que asumí de todos modos: el de cuidar a mi mamá. Este es el comienzo de un camino que me enseñó cuán frágil es realmente la vida y cómo el amor aparece cuando todo lo demás se viene abajo.

Mi mamá llegó a Chicago en julio del año pasado (2025) para lo que se suponía sería una visita tranquila, agradable y sin preocupaciones de tres meses. En cambio, se convirtió en una situación casi literal de vida o muerte.

Se enfermó gravemente durante la primera semana de septiembre y, desde ese momento hasta el día en que regresamos para llevarla de vuelta a su ciudad natal, todo fue una lucha cuesta arriba. Tuvo dos largas hospitalizaciones, una de ellas de una semana completa en terapia intensiva. Tras una transfusión de sangre, una colonoscopía, una endoscopía, una prueba de esfuerzo química y lo que se sintió como una cantidad interminable de estudios, finalmente fue dada de alta la segunda vez y pudo salir del hospital.

Después de múltiples citas médicas de seguimientos con especialistas, una dieta muy estricta en casa y MUCHÍSIMOS cuidados especiales, finalmente la dieron de alta para viajar. Sin embargo, volar todavía no era una opción debido a un episodio cardíaco que tuvo durante su segunda hospitalización.

Para quienes no conocen todas las “habilidades especiales” de mi mamá: ella es considerada legalmente ciega, tiene escoliosis y problemas de la columna vertebral severos, tuvo una cirugía de cadera no hace mucho tiempo debido a una caída grave y su corazón no esta muy precisamente fuerte que digamos. Sabíamos —y yo lo sabía muy bien— que cualquier viaje, corto o largo, no iba a ser cualquier cosa.

Después de muchas conversaciones, de darle mil vueltas al asunto y de consultar con su cardiólogo aquí en Chicago, además de hablarlo con mi hermano, decidimos que yo la llevaría de regreso a casa en tren.

Así que… Amtrak fue la opción.

Un viaje de 38 horas. Sí, leíste bien. Treinta y ocho horas.

He viajado en Amtrak muchas veces en el pasado y siempre tuve experiencias muy buenas. Esta vez, sin embargo, estaba completamente agotada: dos meses de preocupación constante, cuidados de tiempo completo y un desgaste emocional enorme, todo mientras seguía cumpliendo con mi horario normal de trabajo. Sobrevivimos al hospital, pero todavía no sabía que el viaje de regreso me pondría a prueba igual —o incluso más.

Este fue el momento en que todo cambió: cuando una visita se convirtió en una lucha por la vida y yo asumí el papel de cuidar a mi mamá 24/7 sin saber todo lo que me iba a exigir. Las puertas del hospital finalmente se cerraron detrás de nosotras, pero el camino no había terminado. Una parte casi igual de difícil todavía estaba por venir.

No te pierdas la parte 2 el próximo lunes. ❤️

Parte 2: El camino largo a casa (38 horas de agotamiento y todo lo que cargué conmigo)

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