Parte 2: El camino largo a casa (38 horas de agotamiento y todo lo que cargué conmigo)
Hay momentos en los que hacer lo correcto no viene acompañado de un camino fácil. Cuando viajar en avión no fue una opción, elegimos regresar por el camino largo: un viaje en tren de 38 horas lleno de cansancio, responsabilidad y más equipaje —físico y emocional— del que alguna vez imaginé cargar. Esta parte de la historia habla de resistencia, de sistemas que nos fallaron y de la fuerza silenciosa que se necesita para seguir adelante aun así.
Cuando compré los boletos, me aseguré de que viajáramos en un camarote y no en clase turista. Mi mamá jamás habría podido soportar un viaje tan largo en asientos normales, y mucho menos estar caminando de un lado a otro hasta el baño cada vez que lo necesitara. Por fortuna, casi al último momento, logramos conseguir un camarote accesible en el nivel inferior del tren.
El viaje estaba planeado de Chicago a Tucson —38 horas en total. Yo esperaba que fuera, al menos un poco, relajante, especialmente para mí.
Cuando llegamos a la estación de tren de Amtrak “Metropolitan Lounge” en Chicago, nos encontramos con el peor tipo de servicio al cliente. A pesar de haber hecho varias llamadas y de haber coordinado la asistencia con anticipación y mucho cuidado, lo único que recibimos fueron instrucciones frías de “escanee el código QR”, en lugar de compasión o guía real.
Para ese momento, mi mamá ya estaba en silla de ruedas, empujada por mi esposo, quien nos fue a llevar a la estación de tren. Yo iba cargando su andadera, dos maletas enormes, mi maleta, un equipaje de mano, una bolsa llena de medicamentos, una cobija, los abrigos, su botella de agua… y luego súmale cinco anillos dorados, cuatro aves cantando, tres gallinas francesas, dos tórtolas y una perdiz en un peral. Ay!!!
Bromeé —no tan en broma— diciendo que me sentía como un burro peruano subiendo una montaña, cargando con todas las pertenencias de alguien.
Cuando llegó la hora de abordar, vino el caos. La “asistencia” que habíamos solicitado se convirtió en confusión, filas, instrucciones apresuradas y un “paseo” en un tipo carro de golf que me obligó a levantar, empujar, cargar y sostener absolutamente todo —incluida a mi mamá. Los adultos mayores a nuestro alrededor se veían estresados y abrumados. En medio de todo, se me cayó y se rompió su botella de agua… y casi también mi cordura.
Es un milagro que ese día no me haya dado un ataque de pánico.
Una vez que por fin estuvimos arriba del tren, lo único que sentí fue agradecimiento por estar avanzando. Las comidas congeladas fueron más que decepcionantes, Texas parecía no terminar nunca, y mi mamá seguía preguntando:
—¿Todavía estamos en Texas?
Sí. Todavía en Texas, mamá.
Pero en algún punto del camino, me di cuenta de que este viaje no se trataba solo de llegar a casa.
Para cuando el tren finalmente empezó a avanzar, entendí que este trayecto cargaba mucho más que equipaje. Llevaba cansancio, responsabilidad, miedo y amor —todo avanzando junto. En algún lugar entre las vías, algo empezó a cambiar.
La parte 3 continúa el próximo lunes… ❤️

