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Cuando El Mundo Se Vuelve Ruidoso, Recuerda Quién Eres

Cuando El Mundo Se Vuelve Ruidoso, Recuerda Quién Eres

En uno de los muchos viajes en carro que hacía con mi abuela materna cuando yo era niña, me contó una historia sobre el ego—aunque ella nunca usó esa palabra. Con los años, cada vez que recuerdo esa conversación, me doy cuenta de que eso era exactamente lo que me estaba enseñando.

Eran los tiempos en que no había redes sociales, ni internet, ni teléfonos celulares, y muy pocas personas tenían computadora. La vida iba más despacio, las conversaciones duraban más, y la sabiduría muchas veces se transmitía de forma sencilla, en momentos como aquel paseo en carro.

Me contó que cuando mi tía era muy pequeña —mi tía siempre fue muy bonita, y de niña era realmente preciosa— mi abuela a veces hablaba con los familiares o con las visitas antes de que entraran a la casa. Les pedía con suavidad que no le dijeran a mi tía que era bonita y que no enfocaran su atención en su apariencia física.

Mi abuela no quería que creciera pensando que su belleza era su superpoder.

Mi abuela era increíble… y muy adelantada a su tiempo. Siempre. En todos los sentidos.

Michael Pollan compartió que uno de sus colegas, un profesor de la Universidad de Berkeley que estudia el asombro, les pide a sus estudiantes que dibujen una figura sencilla de sí mismos en papel cuadriculado. Después les muestra una experiencia de asombro—tal vez un video de Yosemite o de algún paisaje inmenso. Luego les pide que se dibujen otra vez.

Casi siempre, los estudiantes se dibujan a sí mismos a la mitad del tamaño.

El asombro nos hace darnos cuenta de que somos más pequeños de lo que creemos—pero de una manera sana. Nos regresa a la perspectiva correcta.

Hoy vivimos en un mundo donde constantemente tenemos oportunidades de caer en la trampa de compararnos con todo y con todos. Tenemos herramientas increíbles (como el teléfono que estoy sosteniendo ahora mismo) que nos permiten crear, aprender y conectarnos. Pero también nos exponen silenciosamente a cosas que pueden hacernos más daño que bien, dependiendo de cómo las consumamos.

Todo el mundo nos está diciendo qué comer, cómo comer, cuándo comer, qué ponernos, qué no ponernos, cómo vernos, cómo hacer ejercicio, cómo meditar, cómo vivir mejor, qué hacer, qué no hacer… cómo hacer todo.

La verdad, es agotador.

Hay tantos “expertos” que a veces ya ni sabemos a quién creerle. Las plataformas de comunicación están saturadas de información que nos dice cómo deberíamos vivir nuestra vida.

La sociedad constantemente nos dice:

“Métete en esta caja.”

“Así es como se supone que debe ser.”

“Es más fácil si lo haces de esta manera.”

“Es mejor si lo haces así.”

Pero la realidad es que cada uno de nosotros fue creado de manera única y diferente. Entonces, ¿por qué permitimos que nos metan en moldes que nunca fueron hechos para nosotros?

Hay una plataforma en particular que a mí me satura la mente—y si soy honesta, a veces hasta me provoca ansiedad. Ahí la mayoría de las vidas se ven perfectas, los cuerpos parecen esculpidos, y todo se ve cuidadosamente “fabricado”.

Hace unas semanas tomé la decisión consciente de alejarme un poco de esa plataforma y no dejar que ese ruido constante me afectara como lo estaba haciendo.

¿Me voy a alejar para siempre? Quién sabe. Pero tengo la esperanza de que de ahora en adelante entraré mucho menos—y si entro, que sea solo por unos minutos.

La vida es muy valiosa. Y todos merecemos alegría, amor y paz.

Así como mi abuela eligió intencionalmente enfocarse en algo más profundo que la apariencia, tal vez nosotros también podemos aprender a mirar más allá de la superficie—tanto en nosotros mismos como en los demás.

Porque las partes más importantes de quienes somos nunca fueron hechas para medirse, compararse o hacerse ver “perfectas”.

Simplemente fueron hechas para vivirse. ✨

La monja tenía razón

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